X

X
Ex Recovecos.

martes, 9 de julio de 2013

Curciento. (X)

Vísperas

Por Carlos Máximo Ferreyra.


Guardá estos papeles por mí, todos los escritos antes y estos. Estas imágenes de la víspera. Los días que se parecen, pero no son iguales. Una silla en el patio. La tierra mojada. Una sonrisa. Las manos calientes del sol. Una toalla de más en el baño. Una radio que nunca calla. Un montoncito de huesos que fue el primero en verme hace 29 años cuando nací de repente, como todos, como vos, como aquellos que ya no están, eso, ¿dónde están los muertos que no murieron? Aquellos como el Loco Chirino que pensaba que era ferroviario y durante años cuidó el andén vacío, esperando trenes que se fueron para siempre. Aquellos como el gordo Serena que les enseñaba a sus hijos natación sin estilos en el bebedero de las vacas. Guardá también esta historia de mi primito que no sabe jugar al fútbol y sus amigos lo marginaban. Mi hermano preferido pasó muchas horas en el patio tratando de enseñarle, pero fue en vano. En la placita lo mandaban al arco y le pusieron Pantriste. Y él iba de aquí para allá buscando la pelota y soportando el hostigamiento de los demás. En el colegio igual, esos colegios en que se repiten las frases: todo el mundo de pie, todo el mundo en silencio, ahora a sentarse mirando la nuca del compañero, esa, la pedagogía de la nuca. Esos colegios donde no te enseñan que los ladrillos se deben usar para construir puentes, para unir, no para separar fronteras absurdas. Ahí en ese colegio le decían:  “que vos no servís, sos un amargo”. Un día la maestra propuso  una actividad en el pizarrón, había que dibujar la figura que ella les mostraba. Mi primito pasó y dibujó un robot. Dicen que el robot era tan lindo que todos los compañeros empezaron a decirse: “mirá que bueno que está ese robot que dibujó Joaquin”, “sos un genio”. Tanto les gustó que la maestra tuvo que inhabilitar esa parte del pizarrón y dejar allí el dibujo hasta el final de la clase. Guardá todo por mí, vos que me conmovés en este tiempo imposible para la ternura. Guardá, para que después de mucho tiempo, cuando esta víspera sea presente, recordemos que nos hemos divertido, que hemos sido felices, que también hemos sufrido, pero no te olvides que hemos sufrido juntos. Estas son las cosas que tenemos a mano, el amor y el dolor. La gente que habla casi siempre del tiempo, que si llueve, que el viento, que el calor. Y la foto de ese nene que escribió en un pizarrón: hace frío, pero estoy contento. Como yo.


domingo, 7 de julio de 2013

Mariano Saravia. (X)

Los traidores de siempre

Por Mariano Saravia

William Howard Taft, 27° presidente de los Estados Unidos, dijo en 1912: “No está lejano el día en que tres banderas de barras y estrellas señalen en tres sitios equidistantes la extensión de nuestro territorio: una en el Polo Norte, otra en el Canal de Panamá y la tercera en el Polo Sur. Todo el hemisferio será nuestro, de hecho, como en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente”.
Como un verdadero visionario, Taft preanunció el ascenso de su país como principal potencia mundial, desplazando de ese lugar a sus maestros ingleses. Y en ese sentido, también reemplazaron a Inglaterra como poder colonial en Sudamérica. De hecho, la metrópolis fue Madrid entre 1492 y 1810; luego fue Londres hasta el período de entreguerra, y desde entonces lo es Washington. Hasta la Enciclopedia histórica de Oxford pone como ejemplo de la categoría política de “semicolonia” a la Argentina de la primera mitad del siglo XX en relación con el Reino Unido.
Ahora bien, ese estatus de semicolonia de Inglaterra durante la primera parte del siglo pasado, en los años ‘70 pasó a ser de colonia de Estados Unidos con todas las letras, ya que a la dominación económica se le sumó la dominación brutal por la fuerza, en general utilizando a los militares de cada país adiestrados en Panamá. Hoy, esa amenaza permanece latente, como con el Plan Colombia, los amagues de intervencionismo en Bolivia y Venezuela, o la presencia de tropas norteamericanas en Paraguay.
Cuando dejamos de depender de España cambiamos la bandera punzó y gualda (roja y amarilla) por otras que nos empezaron a identificar en la escena mundial. Pero hasta esas banderas nos robaron los traidores que se atribuyeron la representación de la nación y en nombre de ella implementaron el terror de Estado y la expoliación económica del pueblo. Hoy esas banderas están maltrechas, pero las estamos recuperando.
Están sucias y rotas de tanto ser pisoteadas por los poderes extranjeros y sus cipayos, pero están ahí, a nuestro alcance. Podemos embanderarnos con nuestros colores, podemos reconocernos en ellos y ponernos la camiseta de nuestro equipo.
El liberalismo conservador (en economía no es una contradicción) usó históricamente un falso y fatuo nacionalismo para sus propósitos, y también para dividirnos y licuar las ideas de Bolívar y San Martín.
Es una paradoja que hoy, ese mismo liberalismo conservador, ante proyectos nacionales y populares como los de Venezuela o Bolivia, agiten “el peligro del nacionalismo”. Pero la verdad es que estos nacionalismos están volviendo la mirada hacia sus propios pueblos, y abriendo el espectro hacia los costados, redescubriendo el sentido de ser sudamericanos, desempolvando las ideas bolivarianas y sanmartinianas, y predicando en definitiva un nacionalismo internacionalista (que tampoco es una contradicción). O más bien, recuperando la noción de gran Nación en torno a la solidaridad entre los pueblos.
Después de la “Década Infame” de los años ‘90, en la que nos quisieron hacer creer aquello que decía Francis Yukuyama acerca del fin de la historia y el sepelio de las ideologías, algo está sucediendo en Sudamérica.
Mientras el resto del mundo parece todavía empantanado en la década pasada y en guerras santas, Sudamérica es la única región del globo que está redescubriendo el sentido de la lucha de liberación social. Con mayor o menor éxito, con mayor o menor coherencia, con mayor o menor decisión, Sudamérica es el único lugar de la Tierra donde se escuchan palabras como justicia social, redistribución del ingreso, educación popular, salud pública, derechos humanos, y, sobre todo, integración regional. Hoy hemos redescubierto o estamos en vías de redescubrir que somos sudamericanos. Con el Área de Libre Comercio para las Américas (Alca), los Estados Unidos esperaban cristalizar el sueño de William Taft, pero lamentablemente para ellos, ese proyecto murió con la Cumbre de las Américas realizada en octubre de 2005 en Mar del Plata.
Hoy, poco a poco, las sociedades sudamericanas van recuperando sus colores, ya no están tan pálidas. Van recuperando todos sus colores, su multiplicidad de colores. Ya no hay un gran hermano que marca un modo monocromo de actuar. Hasta las palabras Patria y patriota se están recuperando. Ojala se puedan empezar a recuperar conceptos como militar y Ejército nacional, a pesar de que hayan sido muchos los traidores y la imagen de las instituciones se haya manchado. Víctor Heredia, en su canción “Aquellos soldaditos de plomo”, dice: “Yo quiero una fila entera, de soldados desfilando, y todo un pueblo cantando, con renovada pasión, quiero de nuevo el honor,
aunque no existan victorias, quiero llorar con la gloria, de una marcha militar, y un banderín agitar, frente a un ejército popular”.
Pero para recuperar todo lo nuestro es importante volver la mirada atrás, repasar las campañas, el valor y el pensamiento nuestros grandes militares como Miranda, Bolívar, San Martín, O’Higgins y Artigas. Habrá que aprender de los pueblos originarios aquello de que el pasado siempre está adelante, y que para avanzar hay que mirar a nuestros padres y abuelos. Como pueblos y como sociedades, también deberemos poner a la historia en el lugar central que debe estar, entenderla no como un compendio enciclopedista de fechas y de batallas sino como una verdadera lección de vida, y emparentarla definitivamente con el presente.
(Del libro Embanderados, Editorial Abrazos, 2006)

En marcha la revolución pendiente

En cualquier proceso de liberación colonial tiene que haber dos revoluciones paralelas: una de liberación nacional y otra de liberación social. Cualquiera de las dos que se haga sin la otra, quedará renga.
En América del Sur, los primeros intentos revolucionarios fueron los de revoluciones indias y negras, como la de José Gabriel Condorcanqui (Tupac Amaru II) en 1780 en el Alto Perú o la Conjura de Alfaiates de tinte antiesclavista en Bahía en 1798. Pero las dos quedaron truncas.
Luego, durante las guerras de independencia, los que entendieron la necesidad de acompañar la liberación nacional con un proceso de emancipación social, económico y de soberanía total y unión continental fueron Simón Bolívar, José de San Martín, José Gervasio de Artigas y Manuel Rodríguez (el guerrillero de la libertad), entre otros. Pero lamentablemente los que se impusieron fueron los traidores que se impusieron en la política interna de cada país, los mantuvieron separados y cada uno por su lado, y sobre todo, lograron que el poder económico no cambiara de manos.
En realidad, las clases dominantes siguieron manteniendo sus prerrogativas y, como buenos traidores y lacayos, se subordinaron automática e inmediatamente al nuevo poder imperial. Es que pasamos de depender políticamente de un imperio, el español, a depender económica y financieramente de otro imperio, el inglés. Eso volvió a cambiar en el siglo XX a favor del imperio estadounidense.
Por eso, lo que ha comenzado a partir de Venezuela, y luego se ha extendido a Bolivia y Ecuador, y en menor medida a otros países de América del Sur, es la lucha por la liberación social, económica y financiera. La revolución que completará de nuestros héroes, justo 200 años después.
Pero la reacción es directamente proporcional a la profundidad del proceso político emancipatorio en marcha: los mismos traidores de siempre al servicio del imperio de turno. Son las clases privilegiadas, las clases dominantes, los empresarios en Venezuela, los banqueros en Ecuador, los cívicos de la Media Luna en Bolivia, los terratenientes sojeros en Argentina.
Y hay un nuevo actor que es común en todos los países: los grandes grupos mediáticos, que ya no están más al servicio del poder, hoy son el poder.

Con el advenimiento de la sociedad de la información, las nuevas tecnologías y la globalización, los medios de comunicación masivos han quedado en manos del poder financiero, con lo cual el periodismo ha pasado de ser “el cuarto poder” a ser el primer poder. De hecho, este matrimonio entre el poder mediático y el poder financiero es mucho más fuerte que el poder político, en muchos casos. Menos donde las grandes mayorías son las protagonistas de los procesos políticos, como en los casos revolucionarios ya mencionados. Allí, las campañas de mentiras de los traidores (ahora disfrazados de periodistas) no han dado resultado. Esta es la madre de todas las batallas que se nos presenta en el presente y en el futuro inmediato en nuestro continente, el único del mundo que está inmerso en una revolución de liberación. 

Tomás Barceló Cuesta. (X)

El hombre ilustrado

El escritor norteamericano Ray Bradbury debió inspirarse en un hombre como Chacón para escribir su relato fantástico.

Por Tomás Barceló Cuesta. 

Llegué al hombre impulsado por un viejo recuerdo infantil. Mi padre y yo descendimos del tren en la estación de Casa Blanca. Debíamos abordar la lancha que nos depositara al otro lado de la bahía de la Habana, en plena ciudad. Pero antes decidimos entrar en un bar y calmar nuestra sed con algún refresco. Allí estaba él, sentado al mostrador. Sostenía un vaso de ron que de vez en cuando llevaba a los labios para tomar grandes sorbos. Sus pupilas estaban ancladas en quién sabe qué remotas distancias de sus recuerdos. Su rostro, su cabeza rapada, y el torso desnudo, me  mostraron por primera vez lo que era un tatuaje. Tuve miedo, era un ser extraño. Esa noche, cuando me acosté, lo hice ingenuamente pensando que había hecho el insólito descubrimiento de que algunos hombres nacían con la piel dibujada. Yo era un niño. Corría el año 1962. 
Fue la primera imagen que tuve de Marcelo Ricardo Chacón.    
Pasaron los años. Ahora, desde la atalaya de su humilde hogar en Casa Blanca, diviso la bahía, el puerto con sus escasos buques anclados y, más allá, los edificios de la ciudad difuminados en la ceniza azulosa del mediodía. En este lugar todo es posible, desde sentar la muerte a tu lado y brindarle un trago de ron crudo junto a otra compañera no menos sutil y temible, la soledad. 
Miro los tatuajes, los toco, los leo, trato de hilvanar una historia a través de ellos, un relato que sea lo más coherente posible. Apenas quedan espacios de esa piel que no hayan sido cortados por la aguja y penetrados de tinta. Hay buenos dibujos. Otros, en cambio, son muy malos. Y muchas frases escritas. 
El hombre me brinda un vaso de ron. "Dentro de un rato podremos comer arroz y algo de cerdo frito", me dice. Sonríe. La mayoría de sus dientes están enchapados con oro o platino. De modo que su sonrisa es fulgente, con destellos agresivos. Es un hombre viejo ya, muy viejo, cuenta con más de setenta años. Pero nada en él parece haber cambiado. Ante mí sigue siendo un misterio. Morirá a la vuelta de tres o cuatro años. Encontrarán  su cuerpo sin vida en el miserable camastro. Debajo del colchón unos cuantos dólares, acompañados de una nota en la que dona ese dinero para los niños de una escuela del barrio. 
"No bebo salvo los fines de semana, esto lo hago ahora por usted". Alza el vaso de ron a la altura del rostro y vuelve a sonreír. Le agradezco el gesto. 
Entonces comienza a contar su vida. 
No tuve ni juguetes, ni quinces, ni diecinueves nunca. Vine solo para la Habana. Nada de compañías. El que solo la hace, solo la paga. Nada de mujeres, ni casamientos, ni hijos. He sido un bohemio toda mi vida. El asunto es no morirse ¿no?. Y aquí estoy, con setenta y cuatro años . Solo todo el tiempo. Limpiando zapatos, de cocinero en la marina de guerra durante diez años. De ahí me expulsaron. Seguí batallando, he dormido un día aquí y otro allá. He sido pescador, músico, jardinero, toqué la tumbadora en una orquesta famosa. Quise llegar al fondo de las cosas, conocer todas las trampas de la vida. Es dura la vida, mi broder, muy dura. 
¿Cómo comenzó todo?
¿Qué cosa?
El asunto de los tatuajes, cuál fue el primero.  
Ah, eso fue en Santiago de Cuba, cuando era marinero por los años cincuenta. Le dije al cabo Ortega que me hiciera una cruz. Me hizo la herida aquí en la mano izquierda ¿ve? Después de cortar echó tinta y ahí lo ve, ese es el primero. 
¿Dolió?
Bueno, no hay triunfo sin sufrimientos. Empecé a tatuarme porque quise ser diferente a los demás. Yo soy un ser humano, pero reconozco que soy un excéntrico. Por el cincuenta y pico empecé a tatuarme con Salaíto, difunto ya. Era el mejor tatuador de Cuba. No necesitaba marcar. Dibujaba al tiempo que iba cortando, entonces salían  esos tatuajes que usted ve, casi perfectos. Era muy conocido dentro del ambiente. 
¿Es cierto lo del ratón en una nalga y el cazador en la otra?
No, eso es mentira, habladuría de la gente. Ninguna de mis partes está tatuada. Ahí nadie llega. Ahora muchos se dejan hasta tatuar las nalgas, pero yo no. El ratón mírelo aquí, en el muslo, y el cazador acá ¿lo ve? El ratón dice, voy a entrar.  Y el cazador le responde: Si entras te  mato. ¿Ve cómo le apunta con el fusil?
Hay tantos dibujos que a veces se superponen unos con otros. En las falanges de los dedos están escritos los nombres de José Martí y Antonio Maceo, próceres de la independencia de Cuba. En cada palma de las manos un juego de dominó. En ambos pies unas sandalias de tamaño natural. A todo lo largo del cuerpo el panteón yoruba con todas sus deidades. Un enorme pulpo sobre la cabeza trata de atrapar con sus tentáculos a un hipocampo, a un caimán y a un pez aguja a la vez. En algún lugar está impreso el grito de guerra Viva Cuba Libre. Un tigre asoma sus fauces de detrás de una palma. Una pantera camina sigilosa por el plexo solar, mientras, a distancia, desde hombro izquierdo, un ciervo la mira con recelo. 
Un puñal atraviesa un corazón. Una serpiente se desenrosca en su pereza de ofidio. En el entrecejo del hombre una estrella. Un águila trata de volar en el reducido espacio que le han dejado. Un león ruge eternamente. Hay una mariposa en el cuello. Un cristo crucificado. Un viejo personaje popular de los comics yanquis, Pedro Harapos, acompañado de una frase que dice: La voluntad es tesoro. Hay estrellas, soles, una  moneda con alas, perros, felinos, caballos, praderas, gavilanes, un niño naciendo del útero de una flor. Todos conviviendo juntos en una misma piel mientras una rosa náutica en medio de tanto fárrago universal, de tanto desorden enciclopédico, apunta hacia todos los horizontes del cuerpo. Hay dibujados varios ojos. En el antebrazo derecho, están las banderas de Cuba y México. Un párpado con una frase que reza: Honor a quien honor merece. En el otro párpado: Ya te vi, hipócrita. Dentro del labio inferior los nombres de Olofi y Oyá, dos deidades afrocubanas. Hay también un cementerio con sus cruces y sus panteones. Un muerto que es conducido en bicicleta. Y tantas frases como sean posibles: Ya no bebo, colgué los guantes. El buen gavilán no chilla. Critícame pero no me toques. La risa es el triunfo de la batalla. No se vende la fortaleza. El dinero no es la vida. Debajo de un ojo inquisidor se puede leer: Precaución, mírate en ese espejo. 
De haber nacido en estos tiempos, Chacón, ¿se hubiera tatuado?
No, que va, hubiera sido otra vida, mi broder. 
Antes se creía que era asunto de presidio, de gente del ambiente ¿no? 
Cierto. Pero lo mío fue por lo que le expliqué. Yo no tengo ningún tatuaje feo en el cuerpo. Hay quien se tatúa cosas como Si quieres gozar sube. O mujeres con todas sus partes afuera. Esas groserías yo las rechazo.
¿Habrá alguien que tenga tantos tatuajes como usted?
Lo dudo. 
¿Ni en el mundo?
Bueno, eso está de moda ahora. Como yo, creo que hay tres o cuatro en el mundo.  
¿No ha sentido alguna vez añoranza por el matrimonio, tener hijos?
Nada de eso. Enrumbé  solo, y solo sigo. 
¿Por qué tantos tatuajes?
En ellos está mi vida. O la filosofía de mi vida, algo parecido pero que no es lo mismo. Mi piel es como un libro abierto donde quien quiera puede asomarse y ver. 
No recuerdo si Chacón me lo dijo o lo leí entre tantos tatuajes: La vida es como las mareas, unas veces altas y otras bajas. Algo cierto. Como la vida de cualquier hombre o mujer sobre la tierra.